viernes, 18 de mayo de 2018

Lectio- Pentecostés 2018


Celebrar Pentecostés es celebrar la Pascua de Jesús, de ese Cristo resucitado que derrama en el mundo su Espíritu para renovarlo, para hacerlo nuevo hasta en lo más profundo de nuestros corazones. Es como celebrar nuestra propia fiesta, porque el Espíritu de Dios es el que nos descubre cada día que Jesús vive entre nosotros y nos da fuerza para seguir su camino. El Espíritu es el único impulso en la tarea de construir el reino inaugurado por Jesús y con el que nos hemos comprometido.
LECTIO
 Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles: 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua».
Palabra de Dios.

 MEDITATIO

El regalo del Espíritu, el Amor del Padre y del Verbo, trasmitido por el Resucitado, da a los discípulos y a toda la humanidad la nueva creación. Como en la primera creación[1]aquí el Primogénito de todo lo creado, repite el soplo recreador sobre el nuevo Pueblo de Dios. El soplo es el aire, el Espíritu de Dios, que lo penetra todo y, por él, nos trasmite la vida de Dios.
El Espíritu hizo renacer a la vida en los discípulos tímidos y huidizos, el día de pentecostés, los cambió totalmente, y se convirtieron en hombres fuertes y audaces porque la misión que Jesús encomienda es mucho más que un mandato. Es un fuego interior, que quema, purifica, enardece y anima. Con ese fuego del Espíritu salen son capaces de salir la plaza pública para predicar sin ningún miedo la Buena Noticia de Jesús, incluso a los que lo crucificaron y lo mataron. Porque Dios, lo resucitó y constituyó Señor y Mesías. Ahora la fuente de la misión encomendada es el Amor del Padre y del Verbo, es decir, el Espíritu.
 “Sin el Espíritu... Dios queda lejos, Cristo pertenece al pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una mera organización, la autoridad un dominio, la misión una propaganda, el culto una evocación y el obrar de los cristianos una moral de esclavos, Pero, con el Espíritu, el cosmos es exaltado, y gime hasta que dé a luz el Reino, Cristo Resucitado está presente, el Evangelio es potencia de vida, la Iglesia comunión trinitaria, la autoridad servicio liberador, la misión un nuevo Pentecostés, el culto memorial y anticipación y el obrar humano queda deificado”.


Salmo responsorial: Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34 (R.: cf. 30)

R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R.


LECTIO
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13
Hermanos: Nadie puede decir «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todo hemos bebido de un solo Espíritu.
Palabra de Dios.
MEDITATIO

También hoy puede ser Pentecostés para cada uno de nosotros. El Señor Jesús, que derramó sus Espíritu sobre nosotros el día de nuestro bautismo, no deja de renovar ese don para que podamos continuar la misión que él mismo recibió del Padre.
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. El Espíritu Santo es el aliento vital del Resucitado para cada uno y que actúa en cada creyente. Su acción se percibe como “mociones” que surgen en el interior de la persona y solo desde la contemplación silenciosa se puede descubrir como camino, a seguir para cada uno. Debemos estar dispuestos a descubrir el nuestro y acogerlo porque es para nosotros siempre presencia liberadora y regeneradora.


 SECUENCIA 

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo. 
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos. 
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento. 
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero. 
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. 


LECTIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Palabra del Señor.
MEDITATIO
Para el Espíritu Santo no hay “muros” cuando nosotros estamos dispuestos a dejarnos invadir por él. Y el contacto con El, nos lleva al Señor Jesús; nos conduce hasta su corazón, hasta la fuente de su amor. Desde allí nosotros alcanzamos al Padre, recibimos al Padre. No teníamos nada, no hemos podido traer nada con nosotros al venir a este mundo, y ahora, somos colmados de dones. Hace falta dejar rebosar el recipiente, dejarlo salir fuera, hacia los hermanos y hermanas que encontremos, e incluso, dejarlo que florezca, aunque solo sea en brevísimas experiencias de vida.
                El Espíritu habla de Jesús y utiliza las palabras del Padre; Él nos repite lo que oye en el seno del Padre. El Padre es su morada, su casa; viniendo a nosotros, el Espíritu trae su impronta, el sello de aquella morada, de aquel lugar de comunión infinita, que es el seno del Padre. Y nosotros comprendemos muy bien, que aquella es nuestra casa; reconocemos el lugar de nuestro origen y de nuestro fin. Descubrimos, al recibir el Espíritu de Jesús que nos llena de alegría y paz, porque por el Hijo, también nosotros venimos del Padre, nacemos de Él y vivimos en Él.
                 Hace falta hacer un gran silencio, para poderlo escuchar, para comprender cuántas maravillas puede obrar en nosotros el Espíritu de la verdad, que mi Señor Jesucristo me envía desde el Padre. No será Pentecostés, si no me dejo aferrar a Él, ser llevado con Él hasta el seno del Padre, donde ya me espera el Cristo, donde ya está encendido para mí el fuego del Espíritu Santo.


ORATIO
Ven, Espíritu Santo, con tu brisa suave; despierta en el corazón de la Iglesia el amor del tiempo primaveral, el amor de la fresca juventud llena de impulso y en­tusiasmo, el amor capaz de hacer superar todos los obstáculos que presentan los miedos humanos, capaz de romper todas las barreras de la prudencia miope. Dale aquel amor a Dios y a los hombres capaz de desplegar las velas cada día y de navegar hacia alta mar para zarpar hacia todas las playas de la tierra reseca, hacia todos los lugares donde se espera la lluvia de la nueva estación.
Desciende, Santo Espíritu, sobre fiel y toca con tu suave brisa las cuerdas de nuestro corazón, haz desprender de ellas el canto de la libertad y de la alegría que dé voz a todos los pueblos de la tierra y los conduzca hacia un futuro de verdadera fraternidad y paz.

                                                                             ACTIO         
Repitamos con frecuencia: Ven Espíritu Divino y haz un templo de gracia en mi pecho con el don de tu santa presencia.




[1][1] Gn 2, 7