viernes, 22 de febrero de 2019

Lectio: Domingo VII del T.O. Ciclo C



ORACIÓN INICIAL

            Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a escuchar tu Palabra del mismo modo con el cual Tú la transmitías a tus discípulos en el camino de Emaús. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz.


LECTIO

Lectura del primer libro de Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23

         En aquellos días, Saul emprendió la bajada hacia el páramo de Zif, con tres mil soldados israelitas, para dar una batida en busca de David. David y Abisay fueron de noche al campamento; Saul estaba echado, durmiendo en medio del cercado de carros, la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa estaban echados alrededor. Entonces Abisay dijo a David: «Dios te pone el enemigo en la mano. Voy a clavarlo en tierra de una lanzada; no hará falta repetir el golpe». Pero David replicó: «¡No lo mates!, que no se puede atentar impunemente contra el ungido del Señor». David tomó la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saul, y se marcharon. Nadie los vio, ni se enteró, ni se despertó: estaban todos dormidos, porque el Señor les había enviado un sueño profundo. David cruzó a la otra parte, se plantó en la cima del monte, lejos, dejando mucho espacio en medio, y gritó: «Aquí está la lanza del rey. Que venga uno de los mozos a recogerla. El Señor pagará a cada uno su justicia y su lealtad. Porque él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor».
Palabra de Dios.


Salmo responsorial: Salmo 102, 1-2. 3-4. 8 y 10. 12-13 

R. El Señor es compasivo y misericordioso.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R.
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R.
Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos;
como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por sus fieles. R.


 Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 45-49

Hermanos: El primer hombre, Adán, fue un ser animado. El último Adán, un espíritu que da vida. No es primero lo espiritual, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo. Pues igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales. Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial.
Palabra de Dios. 
Evangelio según san Lucas 6, 27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué merito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué merito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros».
Palabra del Señor.

MEDITATIO - CONTEMPLATIO

La primera lectura que es del Libro de Samuel, dice con claridad que las armas usadas por el enemigo son inservibles para un cristiano. Un cristiano tan sólo puede tener para luchar la debilidad de quien ama mucho y esa debilidad que se transforma en una demostración de fuerza cuando surge de la misericordia y el perdón.
El Salmo responsorial que es el 102, es uno de los más bellos del Salterio. Los judíos contemporáneos lo utilizaban como himno litúrgico para dar gracias a Dios por todos los bienes recibidos del Altísimo. Para nosotros es una prueba de que el principio evangélico de que Dios es amor ya aparecía en el Antiguo Testamento, aunque tuvo que ser Cristo Jesús quien lo pusiera de manifiesto.
En la segunda lectura, sacada que es de la Carta de San Pablo a los Corintios, San Pablo nos habla del nuevo Adán, Jesús, que se distingue del primero por su opción a la no-violencia, al perdón, a la creación de la nueva humanidad salvada y redimida.
 En el evangelio de Lucas Jesús nos da un mensaje de difícil seguimiento. Nos pide que amemos a nuestros enemigos. A quienes nos hacen daño porque él ha dejado sellado el evangelio de su vida con el triunfo del amor sobre el odio, de la paz frente a la violencia, de la compasión y el perdón frente al egoísmo y la incomprensión, amando a sus enemigos, perdonó a los que lo mataban. El amor siempre triunfa por encima del mal.
 Podemos tener la tentación de decirnos, para justificarnos si no lo hacemos, así como él lo hizo que eso lo dijo para los hombres de su tiempo. Pero no. Ha atado todos los cabos y aún ha hecho más afirmaciones: “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”. Tenemos que caer en la cuenta de que Dios sólo quiere una cosa: que nos coloquemos al lado del amor, de la mansedumbre, del respeto. Que pensemos que, cuando herimos al enemigo con la violencia, el insulto, la indiferencia o la difamación, no herimos al enemigo de Dios, sino al “hombre-imagen de Dios”, y no estamos defendiendo la verdad, sino profanando el misterio de un hermano y ocultando la gloria del Señor. El amor que exige Jesús es gratuito, se da a fondo perdido y sin avales, porque pone su razón de ser, su motivación más profunda, en algo que puede superar los sentimientos, las tendencias y los cálculos. Hemos de amar como Dios ama.  Lo más imperante es lo que Dios ha hecho: ha amado primero y de modo único, porque es amor. El Padre es bueno con todos. De este modo rompe la reciprocidad calculadora e interesada y ofrece un amor desmedido a buenos y malos. Y nosotros, su discípulos e hijos de Dios, estamos llamados a ser como el Padre. Así nos conduce Jesús más allá de la regla de oro. No se trata solo de romper la lógica de los sentimientos de venganza, que generan más violencia, sino hacer del amor una acción y tarea que busca el bien del otro. El tema es tratar a los otros como los trata Dios, con misericordia. Así, como dice las bienaventuranzas, “vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo”.
ORATIO

Señor, Que no nos fijemos tanto en nuestro dolor, de nuestra pena, de nuestras carencias, como en las de nuestros hermanos. Que no nos aferremos a nada, sino que reconozcamos que todo bien material es pasajero. Lo único que importa lo tenemos en nuestro corazón y lo podemos ver en los ojos de nuestros hermanos, sobre todo de los niños, de los humildes y los pobres. 
ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: Que sepamos ver siempre en cada uno de los hermanos tu rostro Señor.