sábado, 8 de septiembre de 2018

Domingo XXIII (Ciclo B)


 


Lectio Isaías 35,4-7a

Decid a los cobardes de corazón: "¡Sed fuertes, no temáis: ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos". Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo. Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales.


Salmo 145, 7-10

R. Alaba, alma mía, al Señor

¡Alaba al Señor, alma mía!
Que mantiene su fidelidad perpetuamente
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos.

El Señor abre los ojos de los ciegos
el Señor endereza a los que están encorvados.
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda
y entorpece el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.


Meditatio
El profeta Isaías nos anima hoy a ser fuertes, a no tener miedo, a confiar en un futuro esperanzador, como animó a los israelitas exiliados antes del retorno a su tierra, anunciándoles la inminente intervención de Dios. Y como consecuencia se producen unas señales muy concretas: los ojos de los ciegos se abren, para ver la salvación de Dios; se destapan los oídos, y con ello se restablece la comunicación con Dios y con los hermanos.   
También, nuestra debilidad interior y exterior se convierte en fortaleza si fijamos nuestra mirada en Dios, que viene en persona y nos salva cada día de nuestra existencia. El hace brotar la vida en el desierto de nuestro corazón, para que con todos nuestros sentidos le alabemos con júbilo.
Y la alegría llega a su plenitud cuando somos conscientes que bajo su presencia misericordiosa podemos renacer cada día de nuevo, como tierra sedienta convertida en manantial de agua viva gracias a su Amor.
Lectio Santiago 2,1-5

Hermanos, no juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo con la  acepción de personas. Supongamos que cuando están reunidos, entra un hombre con un anillo de oro y vestido elegantemente, y al mismo tiempo, entra otro pobremente vestido. Si ustedes se fijan en el que está muy bien vestido y le dicen: "Siéntate aquí, en el lugar de honor", y al pobre le dicen: "Quédate allí, de pie", o bien: "Siéntate en el suelo", ¿no estáis haciendo acaso distinciones entre ustedes y actuando con criterios malos?. Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman?

Evangelio    Marcos, 7,31-37

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos.
Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo:
"Effatá", que significa: "ábrete".
Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.
Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían:
"Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".


Meditatio
Dios ha escogido a los más débiles y desamparados como los primeros para participar en la alegría de su salvación. Con demasiada frecuencia, en nuestras comunidades cristianas deseamos tener el poder y los mejores puestos y privilegios. Intentamos sobresalir por encima de los demás y seguimos haciendo acepción de personas. Jesús, nos muestra un camino bien distinto, como vemos en el Evangelio de este domingo. San Marcos, nos narra la curación de un sordomudo, en una tierra pagana, en la Decápolis. El enfermo es un hombre marginado, apartado de la sociedad, y es presentado por otras personas a Jesús, ya que él, por sí solo, es incapaz de acercarse. No conoce todavía a Jesús. No se ha encontrado con El, no ha hecho experiencia de su amor. Vive aislado. Necesita que lo conduzcan hasta el Señor.
Y Jesús lo acoge, se lo lleva con El, lo toca, levanta sus ojos al cielo, suspira y lo cura. Se abre a una nueva vida en Cristo. Inmediatamente, el hombre puede empezar a hablar y a escuchar con claridad el mensaje evangélico. Así, en Jesús se cumple la profecía de Isaías.
Nosotras, a veces, con nuestra sordera espiritual, no sabemos tomar la iniciativa para dejarnos curar y liberar por Jesús. Necesitamos del acompañamiento de nuestras hermanas de comunidad que, con su oración y su presencia amorosa, nos acercan al Señor en nuestros momentos de soledad y desazón.
El nos lleva aparte y, en la intimidad de la oración, nos libera de nuestras debilidades, disipa las dudas de nuestro corazón, nos reintegra en nuestra dignidad y nos abre a una nueva vida, que nos ha de llevar sin demora a comunicar la alegría del Evangelio a todos cuantos nos rodean.


Oratio
Señor Jesús, te damos gracias por abrir cada día nuestros oídos para que escuchemos tu Palabra.
Abre también nuestros labios, para que nuestra boca proclame tu Evangelio con júbilo.
Enséñanos a no caer en la tentación del poder, de la discriminación y distinción de personas, a no fijarnos en las apariencias, sino que vivamos unidas en tu amor.
Que sintamos tu presencia sanadora en los momentos de tristeza y soledad.
Que abramos con nuestra vida caminos de diálogo y esperanza para nuestras hermanas y hermanos.
Amén